El otro día estaba jugando con mi cuñada.
Tiene 75 años.
Y mientras reíamos, no pude evitar pensar en algo que me hizo sonreír por dentro:
¿En qué momento alguien decidió que a esta edad se le llama “anciana”?
Porque si hubieras visto ese momento…
no había nada de vejez ahí.
Había vida. Había risa. Había complicidad.
Durante muchos años, a partir de cierta edad, las personas pasaban a ser etiquetadas como “ancianas”.
Era otra época.
La esperanza de vida era menor y llegar a los 70 ya era todo un logro.
Pero hoy… hoy la realidad es muy diferente.
Hoy hay mujeres de 60, de 70, de 80…
que empiezan proyectos, que se cuidan, que ríen, que vuelven a soñar.
Mujeres que, aunque el cuerpo cambie, el alma sigue despierta.
Y es que la edad no siempre va por dentro.
Hay personas jóvenes que ya se han apagado.
Que viven en automático.
Que se han olvidado de ellas mismas.
Y hay otras…
que con 75 años siguen jugando, riendo y disfrutando de los pequeños momentos.
Como si la vida no fuera una etapa que se acaba, sino un regalo que se sigue abriendo cada día.
Quizás el problema no está en los años,
sino en lo que dejamos de permitirnos con el paso del tiempo.
Dejar de reír.
Dejar de jugar.
Dejar de ilusionarnos.
Ese día, entre risas, entendí algo muy sencillo:
no importa la edad que tengas…
importa cuánto de viva te sientes.
Y ojalá nunca dejemos de jugar.
Ojalá nunca dejemos de reír así.
Ojalá nunca dejemos de ser un poco niñas por dentro.
Porque al final, eso…
eso no envejece nunca.
Gracias por estar aquí y por leerme.
Con cariño,
Paqui Pérez–Alma Valiente